jueves, 11 de febrero de 2010

Desgracia

"-Mi defensa se apoya en los derechos del deseo -dice-. En el dios que hace temblar incluso a las aves más diminutas.
Vuelve a verse en el piso de la muchacha, en su dormitorio, mientras afuera llueve a cántaros y del calefactor de la esquina emana un olor a parafina; vuelve a verse arrodillado sobre ella, quitándole la ropa, mientras ella deja los brazos yertos como si fuese una muerta. Fui un sirviente de Eros: eso es lo que desea decir, pero ¿será acaso capaz de semejante desfachatez? Fue un dios el que actuó a través de mí. ¡Qué vanidad! Y sin embargo, no es mentira, no lo es del todo. En toda esta penosa historia hubo sin duda algo generoso que hizo todo lo posible por florecer. ¡Si al menos hubiera sabido que iba a ser tan corto...!
Vuelve a intentarlo, esta vez más despacio.
-Cuando eras pequeña, cuando todavía vivíamos en Kenilworth, los vecinos de al lado tenían un perro, un setter irlandés. No sé si te acuerdas.
-Vagamente.
-Bueno, pues era un macho. Cada vez que por el vecindario asomaba una perra en celo se excitaba y se ponía como loco, era casi imposible de controlar. Con una regularidad pavloviana, los dueños le pegaban. Y así fue hasta que llegó un día en que el pobre perro ya no supo qué hacer. Nada más olfatear a la perra echaba a corretear por el jardín con las orejas gachas y el rabo entre las patas, gimoteando, tratando de esconderse.
Hace una pausa.
-No entiendo adónde pretendes llegar -dice Lucy. Ciertamente, ¿adónde pretendes llegar?
-En aquel espectáculo había alto tan innoble, tan ignominioso que llegaba a desesperarme. A mí me parece que puede castigarse a un perro por una falta como morder y destrozar una zapatilla. Un perro siempre aceptará una justicia de esa clase: por destrozar un objeto, una paliza. El deseo, en cambio, es harina de otro costal. Ningún animal aceptará esa justicia, es decir, que se le castigue por ceder a su instinto.
-Así, pues, a los machos hay que permitirles que cedan a sus instintos sin que nadie se lo impida. ¿Esa es la moraleja?
-No, esa no es la moraleja. La ignominia del espectáculo de Kenilworth estriba en que el pobre perro había comenzado a detestar su propia naturaleza. Ya ni siquiera era necesario darle una paliza. Estaba dispuesto a castigarse a sí mismo. Llegados a ese punto, habría sido preferible pegarle un tiro. "

Fragmentos de las páginas 108 y 109 de Desgracia, de J.M. Coetzee.
Mondadori; 2000.

6 comentarios:

Marta Rausch dijo...

Definitivamente.
Un abrazo.

Paco Peña dijo...

muy bueno!

martin araujo dijo...

Grande.
Volví a comprar Ñ! mi revista de cabezera (cuándo contratarán correctores?) y leo que Martín Amis dice que Coetzee "no tiene talento" porque lo aburrió cuando leyó UN libro.
Yo tengo SlowMan ahí en batea, vía Slek, y ansío leerlo.
Abrazos!!! Se vemo!

Elena dijo...

Y éste es el fragmento que anuncia el quid del libro. Lo que viene después...
Un beso, amiga.

Elena dijo...

Coincido, Paco.

Elena dijo...

¿Lo ABURRIÓ? ¿Quién busca joda en un libro de Coetzee? Yo no leí la Ñ, pero me parece -por decir lo menos- absurdo que Amis se tome como punto de referencia, a sí y a sus grados de aburrimiento, para determinar qué es buena o mala literatura.
Jum....
Abrazo, Martín, en el coso del viernes hablamosssssss