lunes, 8 de marzo de 2010

080310

que fue un empujón del diablo
dijeron

que fue la roca
y el mar de un azul abundoso

que una virgen castísima me confió
un secreto y una duda

con una brasa en cada mano
yo caí, fue
por mis razones

sábado, 6 de marzo de 2010

Basura sapiens-Germán Arens











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Nota: Las imágenes pertenecen al artista Germán Arens, y fueron subidas a este blog con la debida autorización del mismo.
Además de fotógrafo, Germán Arens es autor de los libros Pueblada (Ediciones en danza; 2008) y Versos de Gabino (el suri porfiado; 2009) y músico, cantor del grupo de tangos reos "La puñalada", con quien grabó dos discos. En condición de solista, editó tres discos más, en el género de milonga surera. Al respecto, efusivamente recomiendo escuchar esta página http://www.myspace.com/germanarens.
Lleva adelante dos blogs: El Cosmosurero y Poetas argentinos.
Nació en Bahía Blanca, el 8 de abril de 1967.

martes, 23 de febrero de 2010

230210

acá creciste, me dijeron, y pienso
en cómo algo que no fuera solidario con la muerte y su eficacia
pudo crecer aquí

sin embargo, en este centro hubo una mesa
donde derramamos los jugos del hambre

al costado, la pieza de la costura y el juego

al fondo, el baño
con una alberca donde, en invierno,
la piel enrojecía por el frío

hubo, una vez, un gran viento,
me explican

vendrá por mí, también,
vendrá y yo guardaré mi corazón en un puño:

hasta allí llegará su voracidad
y más allá, aún

miércoles, 17 de febrero de 2010

El tigre

A pesar de los ruidos del taller clandestino que teníamos al lado, y del olor profundo a grasa rancia, de a ratos podíamos concentrarnos en la música. Coincidíamos con Ginetta y el Mancha en algo atípico que, a la vez, no podía escapar a la consideración general de cualquier melómano. Salvatore Licitra interpretaba Je crois entendre encore no como compenetrado por la situación dramática, sino como si la voz pudiera caminar por encima de la escena tocándola en puntos arraigados a la historia, pero sólo sutilmente, y de a ratos, sin desplomarse ni venirse como otros tenores que se desbarrancan y lamentan como poseídos. Nos gustaba coincidir en algo tan trivial, pero que a la vez iba afirmando nuestra pertenencia al grupo, hecho de comuniones tan específicas y por lo mismo, radicales.
Esa tarde, Ginetta estaba en medio de no sé qué desgarro sentimental, de manera que obviamos a Piazzola, a Leonard Cohen, a B. B. King, y nos concentramos en un disco de música celta que en muchos sentidos no decía nada, y más tarde en unos candombes, regalo de Guillermo, que no podían, pese a su airecito triste y dulzón, provocar una crisis de llanto. Así que sacamos el mate afuera hasta que se nos viniera la noche, porque entonces las cucarachas que brotaban del excusado no nos dejaban andar descalzos, y nos mordían los pies, más por curiosidad que por hambre.
Así estábamos, y eran las siete o quizá un poco más de esa hora, porque el sol bajaba despacio, cuando el Mancha aguzó el oído como un perro, miró para el lado de la calle y dijo hay quilombo. El ruido venía del lado sur, cerca del sindicato, pero por la forma en que crecía, ninguno de nosotros dudaba en que llegaría pronto a la casa y corrimos hacia el pasillo que comunica el patio con el exterior. Lo que vimos estaba a medio camino de todo. De las ganas de gritar y de la felicidad. Del miedo, la incertidumbre, y la risa histérica. Pero algo se acercaba más y de manera peligrosa: el absurdo. Un grupo de gente perseguía, por el medio de la calle, a un viejo que cargaba una carretilla con un tigre. En todo parecido a él mismo en particular; en general, a su especie. En perfecto estado de adultez y ferocidad, sólo que con las dos patas rotas y la tibia encía manchada con un poco de sangre. El viejo de la carretilla se detuvo al frente de la casa y, agitado, contó algo que involucraba un camión Dodge, un conductor ebrio o alucinado no se sabía bien si por el alcohol o el tigre parado en medio de la ruta, o todo eso junto. Y después el golpe. Le dije, sin dudar, yo tengo un patio grande, pase.
Lo descargamos abajo del nogal, al lado de lo que fue la jaula de las torcaces y un olor a vuelo debía quedar aún, porque el tigre rastreaba el aire. Ginetta le llenó la palangana roja con agua y se la llevó cerca de la boca. El tigre respondió no con indiferencia, si no con actitud de bestia acorralada y unos gemidos que cualquiera hubiera podido creer que eran de dolor, pero que nosotros sabíamos estaban motivados en un odio mal contenido. Eran las doce de la noche cuando conseguí que se fuera el último hombre del grupo, sudado y aún con brotes repentinos de asombro, que lo hacían repetir cada vez el encuentro con el tigre, y golpear la mesa con la palma abierta y decir así es, qué bárbaro, y escarbarse el matorral de pelos en el pecho, y mirar al patio con aire ausente y decir de nuevo así es, increíble, hasta que vio que era casi medianoche en el reloj de la cocina y que nada podía revertir lo inevitable, que era irse a dormir. El Mancha me miraba con las manos en los bolsillos como diciendo me quedo, pero algo definitivo habrá visto en mí porque cuando le dije que duermas bien, me contestó que vos también, cerrá la ventana del comedor, y se fue despacio, queriendo no irse.
Al día siguiente comenzó la llovizna. Era un agua pequeña y tenaz que duró una semana y media, y que si bien no ablandó el odio del tigre, al menos aplacó su apariencia. Gemía despacio, y evadía los ojos cada vez que, con el pretexto de llevarle comida, aparecíamos cerca de él, tratando de tocarlo. La garúa había depositado sobre su pelaje una densa capa de humedad, pero a veces, cuando por descuido o por aliviar el dolor se frotaba contra el árbol, la pelusa de agua desaparecía y las manchas y los colores aparecían fieles, fortísimos. A su alrededor iba inaugurándose un osario. Gómez, el carnicero, venía cada mañana en una Ford f 100 blanca, y descargaba dos o tres cabezas de vaca, aún con los belfos húmedos y los ojos intactos que tenían en la hora de la muerte. Pasaba por la puerta principal, seguía por el pasillo largo, doblaba hacia la derecha, por la cocina. Descendía un escalón, bajaba al patio. Avanzaba treinta metros y tiraba la cabeza cerca del tigre. Volvía. Descargaba otra cabeza. Casi siempre traía las botas llenas de barro y de gramilla. Casi siempre las cabezas perdían sangre, pequeños coagulitos de un bordó espeso, hilos de baba que después tenía que quitar con agua jabonosa. Había que devolverle a la casa un orden de limpieza y seguridad que cada vez se iba haciendo más frágil, menos evidente. Además estaba lo otro, y era que los vecinos empezaron a mirar la casa con un extrañamiento contenido al principio, después con una curiosidad franca y sin ambages, y al final con un poco de asco. Yo les decía buen día, ¿cómo le va? mientras sacaba a la calle el agua con detergente y sangre, y eso sólo bastaba para que bajaran la mirada y cambiaran de vereda. Entonces me quedaba viendo la espuma rosa bajar por los escalones, mezclándose con las hojas, los papeles de helado, las mil porquerías que iban acumulándose al frente de la casa, entre las losetas, y que no podía controlar. Gómez se quedaba parado con un cigarrillo en la boca viéndome baldear y yo le preguntaba si ¿estarán locos, estos? El carnicero me devolvía la mirada como si le hubiera hecho una pregunta obscena, el cigarrillo ladeado, la mano izquierda apoyada en la camioneta a modo de sostén y me contestaba es que no es fácil, ¿sabe? Usted porque…bueno, quiero decir, se acostumbra rápido a esas cosas. Esa frase me hacía ruido. ¿Qué eran esas cosas? ¿Y porqué todo ese rodeo, ese misterio para hablarme? Todos parecían estar al tanto de algo que a mí se me escapaba. Hasta Gómez, con esa cachaza, se daba aires de haber entendido.
En ese tiempo, el tránsito se había hecho molesto. O quizá sucedía que, por contraste a la vida íntima de la casa, el exterior con sus sonidos, con su propia vida de autos, y de chicos gritando al salir de la escuela, y de vendedores de pescado congelado, iba haciéndose lejana como un recuerdo, como la memoria de algo. Como el sueño de algo. Porque nos encargamos de que así fuera, en parte. Poniendo trapos viejos en las rendijas de las ventanas que daban a la calle, echando candado a la puerta del pasillo, apagando luces, cerrando casi todo acceso, e impidiéndonos, en lo posible, toda invitación a salir. Hasta el teléfono que al principio sonaba casi todo el día, alertados familia y amigos de nuestra situación, empezó a sonar cada vez menos, hasta que al final las llamadas se redujeron a motivos convencionales, como una cuenta atrasada, la muerte de alguien, el anuncio de una mudanza.
Estábamos casi todo el día pegados a la ventana del living que daba al jardín y a la quinta, sentados, en grupo o solos, en guardia, esperando algún desborde que no empezaba a suceder. Por fuerza hablábamos a veces de eso. Ginetta decía ya veremos, hay que esperar, tiene que curarse, ¿no? Yo decía claro, no sé, sin prestarle mucha atención y nos quedábamos mirando al Mancha que trataba de escribir una lista de víveres sin perder la concentración en un nuevo movimiento del tigre, que por entonces ya llevaba casi un mes con nosotros. Y eso significaba un mes de despertarnos a medianoche con el rugido lastimero, entrecortado primero como un llanto, y después largo y ansioso, y significaba, también, la iniciación a una rutina de actos y gestos hasta entonces insospechados.
Las sesiones de música se habían trasladado a la parte techada del patio. Iba entrando Enero, el pico de calor y tormentas, y con ello, el desborde de los canteros, del cuajar de las savias en las higueras, el desconcierto de las guías del jazmín de leche, y algo peor, el pasto, el pasto y los sapos. Me había entrado un no sé qué de desidia, de abandono. Lo empecé a notar en mí misma. Ginetta primero me aconsejaba peinarme, me traía trapos coloridos que sabía que no iba a ponerme, collares de hueso que más que atraerme me provocaban un temblor de horror. Pero ella insistía, impávida, rondándome con sus hilachas, sus perfumes. Por tanta repentina y declarada atención, empecé a desconfiar de su amistad. Le dije que me bastaba sola con la casa y el tigre, que si quería podía irse, perderse, que no me importaba, que nunca me había importado, que su presencia no aportaba nada, salvo esa depresión insana que me tenía que encargar de disipar cada vez, como un aura perniciosa que la persiguiera, y que ahora empezaba a dudar cuán real era. Cuando vi que iba entrando en llanto, mi rabia aumentó y le dije que se fuera de mi casa. No con odio, sino con tristeza fija me miró, y después empezó a recoger sus cosas lentamente. Su ropa, sus libros. No parecía que esos gestos formaran la continuación o la consecuencia de mi arranque de ira. Eran los gestos de alguien que entra a la pieza del muerto querido y empieza a tocar las cosas esperando encontrar en el aura rota de los objetos, una existencia ya diluida. Que la busca, aún, donde no estaba. Yo no entendí, pero el Mancha lo hizo. Fue hasta donde estaba, la abrazó. No como a amiga la abrazó, y entonces supe. Lo llamé por el nombre, después de tanto. Germán, le dije, vos también andate.
No pude advertir los cambios que se iban produciendo en el animal. Mi atención, exacerbada, provocó que, de tanto atender a los pequeños detalles, hubiera perdido la capacidad de hilarlos y de darles un sentido. Pero también existía la posibilidad de que él me hubiese guiado a ese adormecimiento del pensar, del sentir. Me llevaba largas horas tratar de repasar los muebles con una franela mojada, sacarle brillo a una copa de porcelana azul, cambiar el agua de los pájaros que se habían escapado, no sé cómo. Salvo uno, que quedó muerto en la jaula, con las alas extendidas por el ansia del vuelo. El tigre había empezado a caminar hacía dos semanas. Y ahora recorría la circunferencia del nogal, en un sentido y en otro, hasta que sentía que la correa lo ahorcaba. Me miraba desde allí. Y caminaba. Como un atleta que observa la meta y se prepara. Yo sabía qué esperar. Y no.
Por la fatiga del calor, dormía con la puerta de la cocina abierta. Un vecino comedido me llamó por teléfono –ya nadie llegaba a la casa- y me hizo una débil advertencia sobre el riesgo que eso suponía. Escuché, como en un sueño, las palabras ladrones y alimañas. Me reí. Escuché el silencio del otro lado de la línea. El último llamado fue de mi padre. Alarmado, me dijo todos dicen que el tigre cortó la soga, cuando tenga hambre va a entrar a la casa. Siguió hablando un rato más. Yo lo dejé. Era bueno, después de tanto, escucharlo despojada de rencor, de todo. Me acordé, en ese momento de unas vacaciones en el río. El agua brillaba y él me sonreía desde la orilla, reconociéndome. Traté de escuchar. Mi padre seguía hablando sobre el riesgo. Lo corté en seco. Le dije si viene, dejalo. Colgué.
Me senté a esperar.

jueves, 11 de febrero de 2010

Desgracia

"-Mi defensa se apoya en los derechos del deseo -dice-. En el dios que hace temblar incluso a las aves más diminutas.
Vuelve a verse en el piso de la muchacha, en su dormitorio, mientras afuera llueve a cántaros y del calefactor de la esquina emana un olor a parafina; vuelve a verse arrodillado sobre ella, quitándole la ropa, mientras ella deja los brazos yertos como si fuese una muerta. Fui un sirviente de Eros: eso es lo que desea decir, pero ¿será acaso capaz de semejante desfachatez? Fue un dios el que actuó a través de mí. ¡Qué vanidad! Y sin embargo, no es mentira, no lo es del todo. En toda esta penosa historia hubo sin duda algo generoso que hizo todo lo posible por florecer. ¡Si al menos hubiera sabido que iba a ser tan corto...!
Vuelve a intentarlo, esta vez más despacio.
-Cuando eras pequeña, cuando todavía vivíamos en Kenilworth, los vecinos de al lado tenían un perro, un setter irlandés. No sé si te acuerdas.
-Vagamente.
-Bueno, pues era un macho. Cada vez que por el vecindario asomaba una perra en celo se excitaba y se ponía como loco, era casi imposible de controlar. Con una regularidad pavloviana, los dueños le pegaban. Y así fue hasta que llegó un día en que el pobre perro ya no supo qué hacer. Nada más olfatear a la perra echaba a corretear por el jardín con las orejas gachas y el rabo entre las patas, gimoteando, tratando de esconderse.
Hace una pausa.
-No entiendo adónde pretendes llegar -dice Lucy. Ciertamente, ¿adónde pretendes llegar?
-En aquel espectáculo había alto tan innoble, tan ignominioso que llegaba a desesperarme. A mí me parece que puede castigarse a un perro por una falta como morder y destrozar una zapatilla. Un perro siempre aceptará una justicia de esa clase: por destrozar un objeto, una paliza. El deseo, en cambio, es harina de otro costal. Ningún animal aceptará esa justicia, es decir, que se le castigue por ceder a su instinto.
-Así, pues, a los machos hay que permitirles que cedan a sus instintos sin que nadie se lo impida. ¿Esa es la moraleja?
-No, esa no es la moraleja. La ignominia del espectáculo de Kenilworth estriba en que el pobre perro había comenzado a detestar su propia naturaleza. Ya ni siquiera era necesario darle una paliza. Estaba dispuesto a castigarse a sí mismo. Llegados a ese punto, habría sido preferible pegarle un tiro. "

Fragmentos de las páginas 108 y 109 de Desgracia, de J.M. Coetzee.
Mondadori; 2000.

domingo, 31 de enero de 2010

310110

bajo el naranjo, la muerte con sus crías
tomó sitio

desde allí, nos ponía sus ojos como púas
miraba nuestros temblores

luego tomaba una fruta, la rajaba
con una uña larga y mugrienta,
se la bebía, daba
como cualquier especie,
de comer a sus pequeños

cuando se fue, en su nido quedaron
las cáscaras
los huesos
y un agua negra que subía
despacito
a nuestro corazón

domingo, 24 de enero de 2010

Martín Araujo-Jorge Naparstek

A continuación, reproduzco una lectura clave de Martín Araujo sobre la muy buena poesía de Jorge Naparstek, en ocasión de presentar shampú en los ojos.
Además, poemas del autor unquillense y la recomendación del libro.

"Shampú en los ojos. Algún lector un poco atento o preocupado por los títulos puede pensar, tal vez con razón, que “Shampú en los ojos” es el nombre de un libro de poesía joven y modernosa o modernísima o modernosísima, esa vertiente tan desarrollada últimamente en las letras vernáculas, poesía pop, eso que se llama vulgarmente, latamente poesía pop y que mayormente es poesía lata, o a lo sumo vulgar. Sin embargo “Shampú en los ojos”, el libro de Jorge Naparstek que hoy tenemos la felicidad de tener frente a nosotros, es un libro de (ó) en otro tiempo, transversal, antiguo, intemporal.
Times and other thieves, dice Joni Mitchell y esa línea abre este libro. Tiempo que es de “arena entre los dedos” antes que de relojes, tiempo que es escalas de tonos (música o colores) antes que de series numéricas.
No solo es el hecho de que los poemas que componen esta obra son trabajo de años, no son poemas escritos en velocidad de blog. Pero más aún, quiero referirme a un acento, a un carácter, a una sustancia que hace a los poemas de este libro. Es una letra hecha de tiempo, de ese fuego y de esa ceniza. Palabras hechas de permanencia y a la vez del saber íntimo de la finitud. “Tiempo es el enemigo que escapa”, escribe Jorge.
Es una poesía que no indaga en (comillas) la novedad, y sin embargo está hecha de sorpresa, de maravilla, de deslumbramiento frente a lo que late. Una mirada que se alza desde la incógnita y que encuentra preguntas en ese desnudar el mundo, imágenes, conexiones, azares, revelaciones breves pero no, nunca, respuestas, frases cerradas, dictados.
Estos poemas señalan la fatalidad de desviar la mirada o de percibir con otras partes, con otros sentidos. Es la determinación de otra zona áurea, un encuadre que demanda ver de una manera distinta, ver con una película jabonosa en los ojos. Esa es la particularidad del universo que nos trae Jorge, el ojo rasgado, un ojo que se suspende y es atravesado por fuerzas, hacia delante y hacia atrás.
“Tampoco tu ojo es el mismo”, escribe Jorge en la pág. 23. Tuve la suerte de leer el prototexto de “Shampú en los ojos” algunos meses antes de llegar a su versión definitiva. En aquel momento yo estaba convencido de que el libro se sostenía por sobre todo en las imágenes auditivas, que el relato que primaba era el de la percepción del universo a través del oído. Ahora que, impreso, volví a leerlo descubro que estaba equivocado. No deja, por supuesto, de ser el libro de un hombre que entre otras cosas es músico, un libro en el que hay una preocupación fuertemente musical. En la pág. 23 doy con una línea clave: “remontando el nervio óptico”.
Otro encuadre. La mirada se torna tan sutil, tan sesgada, que distingue zonas de lo real inabarcables para un ojo redondo. Así, como el ojo de un esquimal, puede distinguir matices de blancos (en este caso el poeta se detiene en el blanco de las hojas del cedrón). Ese ojo que es capaz de captar, además, “una grieta en la línea de espuma”. El oblicuo de la mirada construye hasta una secuencia hecha de “botella de plástico doblada en dos”, “pinzas de un cangrejo” y “signos de interrogación”.
Los ojos deformados, entonces, están llamados a hacer de lo real, una mirada sobre lo otro. En POSOLOGIA, Pág. 21 leemos: mejor mirar la tarde / lila sobre verde / ella espera / sentada / entre pétalos caídos / sobre un árbol invisible / un carpintero repite su llamado
La mirada se llena de cosas, incluso de cuestiones que escapan al nervio óptico. ¿Es lo fantástico que irrumpe? Todo lo percibido es fantástico. Las imágenes componen, por momentos, fragmentos de un escenario que parece propio de la fantaciencia o como solemos decir, ciencia-ficción. Desde el desfile de planetas y estrellas que invaden la visión hasta el clima enrarecido de comunicaciones en un ciber, que evoca más a un laboratorio de la NASA que a un locutorio de Cabana.
En la Pág. 29 leemos: el viento cambió / la noche huele a humo / eso no ayuda para el sueño / por motivos desconocidos / una ambulancia estalló esta mañana / raro espectáculo para los planetas / mensajes perdidos / entre los primeros grillos
En este paisaje de maravilla hay constantemente una presencia vital, un “coro de hojas”, una voz que se yergue desde la tierra, desde el trabajo y la curiosidad por la tierra. La mención de la naturaleza como parte central en la construcción de esa zona de encuadre del ojo rasgado. No hay contradicción sin embargo entre cultura y naturaleza, entre mundo natural y mundo de tecnologías. Es más bien como si Phillip Kindred Dick y Juan Laurentino Ortiz se dieran las manos y no fueran extraños y fueran a un altar hecho de amapolas, aguas calladas y satélites de ácido rotando.
Leemos en la Pág.19: en el teléfono / voces que pueden ser nuestras / nos inundan / dos piraguas / girando / a la deriva / por diferentes brazos / del mismo río
Ruidos y música que se apoderan de la cotidianeidad para instalar un paisaje mental, un viaje sin movimiento, la transformación de un vínculo traducido a una comunicación tecnologizada como en un juego de caracolas contra el oído donde una promesa de agua nos pierde. Dos mundos que se chocan y de esa explosión dan vida. Y en esa particularidad la amenaza. Esta forma de ser el cosmos, de ser en el cosmos, es ir, precisamente, caminar, como dice Jorge: “escoltados por promesas de tormenta”.
Una última cosa quisiera apuntar. Hay algo que conspira en estos poemas y es indecible. Algo que está vinculado al silencio, al silencio y a la música, a la forma en que se suceden las imágenes, al bordado de un verso con el que lo antecede y con el que lo sucede, la trama que conforman y la silueta que suspenden como una sombra hecha sin luz o de pura luz, como un silencio de blanca en infinito contrapunto con un silencio de negras, como una partitura que fuera una sola nota entre semitonos, imposible de anotar en el pentagrama. De esos materiales sutiles está hecho este libro."



Posdata

sorpresa frente a paisajes pasajeros que olvidan su
fotografía sobre el asiento
bajo los ojos repetidos
del que corre tras el tren para encontrar en un pasillo
esa mirada que lo guíe nuble gime esgrima nube
ascienda hasta el temor atrás del temblor
ya no soy yo el que desaparece
retrovisor recorrido por tu diario de viaje


(*)

hojas ocres del damasco
sacudidas por el viento
empiezo el día
sin mirar al suelo
lo que duele
también cae

(*)

diez minutos sin electricidad
en la ventana
el candelabro titila
a pura caída
por la noche
sin ranas
con ladrido de luna sola
huyen los ojos
sorben un vino agrio
el aire no alcanza
se quiebra
cada cabello
hace su sombra en el cielo

Ediciones del Dock, año 2009.
Más textos del Jorge Naparstek: http://esatibiezacolgadaenlaventana.blogspot.com/
Extrajimos la nota de Martín Araujo del siguiente sitio: http://martinaraujo.blogspot.com/

jueves, 21 de enero de 2010

210110

la vida me acecha como perra
la muerte me acecha como perra

me tiran del pelo
de las joyas
de la lengua

en la hora del sueño yo visito
las dos jaurías con brillante histeria

lunes, 11 de enero de 2010

110110

el aire, de noche, es una lástima,
no alcanza para todos

alguien debe postergar su sueño, alguien
debe levantarse y, en el medio de la noche,
tocar la dorada serpiente del corazón

ella va a despertar
entornará los soles de sus ojos
dará su pan, su veneno

la flor del cuerpo abrirá, entonces,
como una mañana
pero no será la mañana:
será su turbia claridad
el simulacro